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La Ecuación del Cielo

  • Foto del escritor: todassomosmanas
    todassomosmanas
  • 23 nov 2025
  • 13 Min. de lectura

Actualizado: 26 nov 2025

Dos mujeres colombianas que transformaron la ciencia 


Por: Zharick Noriega Ávila


Mientras el mundo mira hacia arriba buscando estrellas, ellas miran hacia adentro, hacia las aulas vacías, los laboratorios sin presupuesto o las oficinas donde nunca hay una silla para ellas. 


Fotografía proporcionada por Adriana Ocampo y utilizada con autorización.
Fotografía proporcionada por Adriana Ocampo y utilizada con autorización.

Hay algo que une a todas las niñas que miran el cielo por primera vez con verdadera curiosidad; la certeza inesperada de que ahí arriba hay respuestas. Adriana Ocampo Uria lo supo desde el techo de su casa en Colombia, acostada junto a su perro Tauro, observando esos puntos de luz que parecían llamarla por su nombre. No sabía entonces que esos puntitos eran el inicio de una conversación que duraría toda su vida. No sabía que esa conversación la llevaría a desentrañar uno de los misterios más violentos de la historia del planeta: la extinción masiva que borró a los dinosaurios y permitió que existiéramos nosotros.


Por otro lado, Ruth Alejandra Torres Rubiano, décadas después y en otro rincón de Colombia, también recibió un llamado. Pero el suyo no venía del cielo, sino de los números, desde un salón de clase donde un profesor enseñaba matemáticas con amor. No con rigor despiadado ni con la frialdad con que se suele enseñar a temer los números, sino con paciencia, con gracia, con la convicción de que las matemáticas no eran un castigo sino un lenguaje. Ruth aprendió ese lenguaje tan bien que un día se dio cuenta de algo aterrador y liberador a la vez, todas las carreras que le interesaban tenían matemáticas como denominador común. Entonces tomó una decisión que muchos llamarían “imprudente” o “apresurada”: estudiar matemática pura, sin saber cómo se ganaría la vida, sin tener certezas de nada excepto una: estaba haciendo algo que le gustaba, que le apasionaba.


Esto es un viaje a través de esos mundos paralelos, dos mujeres, dos vidas, dos orígenes, dos historias separadas por generaciones y por miles de kilómetros que comparten una misma raíz: mujeres colombianas que eligieron la ciencia como camino de vida; que han sostenido, en silencio, la estructura intelectual de un país que rara vez las mira, y que todavía no está seguro de si las mujeres deben elegir algo más allá de lo que se espera de ellas. 


Las pioneras en acción desde su campo

En Colombia, hablar de mujeres en la ciencia es hablar de ausencias. No porque no hayan existido, sino porque nadie se molestó en contarlas. Según el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, para el 2020 sólo el 37% de los investigadores reconocidos por Minciencias eran mujeres (Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, 2020). Pero esa cifra cuenta solo una parte de la historia, no dice nada sobre las que dejaron a un lado porque no encontraron espacio, las que nunca pudieron acceder a un doctorado, las que tuvieron que irse del país para poder investigar en serio.


Adriana Ocampo es una de las que tuvo que irse. Cuando sus padres emigraron a Estados Unidos en 1970, su primera pregunta no fue sobre la nueva casa, la nueva escuela o los nuevos amigos. Fue: "¿Dónde está la NASA?". Esa pregunta contenía toda su historia futura (pero nunca se lo imaginó de esa forma). La respuesta fue mucho mejor de lo que ella esperaba pues, terminaron viviendo cerca del Jet Propulsion Laboratory (JPL) en Pasadena, California, uno de los centros más importantes de exploración espacial del mundo. 


“Nací en la era de la exploración espacial cuando el ser humano no sólo por primera vez mandó a un cosmonauta a orbitar alrededor del planeta Tierra, pero también cuando por primera vez, se posaron los seres humanos sus pies, un 20 de julio de 1969 en la superficie lunar. Esa fue la era que tuve el privilegio de crecer y esa fue la era que me inspiró a seguir ese sueño de lo que es la exploración espacial”


Pero llegar cerca no significa llegar adentro. Cuando Adriana comenzó a visitar el JPL, no vio jóvenes como ella trabajando ahí. No vio mujeres hispanas liderando equipos, diseñando misiones, tomando decisiones. Vio hombres blancos con batas blancas en laboratorios blancos, y entendió que tendría que inventar su propio camino. “Educate, educate, educate”, le repetían sus padres como un mantra. Y ella lo hizo, antes de terminar la secundaria, ya había agotado todos los cursos de ciencia disponibles y pidió permiso especial para estudiar física y química en el Pasadena City College. Se graduó con una base universitaria que pocos de sus compañeros tenían, y consiguió un trabajo en el JPL, tal vez era el más bajo de todos, pero estaba adentro que era lo importante. 


Entonces seguí esa carrera de la geología planetaria, eventualmente saqué mi maestría y de ahí fue que, eventualmente también saqué mi doctorado en el cual ambos, la maestría y el doctorado, lo hice en lo que es el proceso de impacto o la extinción masiva que ocurrió en nuestro planeta 66 millones de años atrás el cual hoy llamamos la gran catástrofe masiva del Cretáceo terciario y el Cretáceo era la era que era dominada por los dinosaurios y el terciario es donde empezó a marger nuestra especie”


Ruth, por su parte, no tuvo que irse físicamente de Colombia, pero sí tuvo que aprender a navegar un espacio que no fue diseñado para ella principalmente. Cuando entró a estudiar matemáticas en la Universidad Nacional de Colombia, llegó con otra compañera. Esa compañera no pudo continuar. Entonces, Ruth quedó sola, rodeada de hombres, formando parte de un "combo de estudio" donde era la única mujer. Y en lugar de ver eso como un problema, lo interiorizó como un orgullo.


Ahora, años después, recuerda esa época con una mezcla de vergüenza y comprensión: se sentía bien cuando sus amigos hablaban de otras mujeres en frente de ella como si no estuviera ahí, como si no fuera mujer. “yo me sentía orgullosa de sentirme un amigo más para ellos”, dice. Pero hoy entiende que eso no era inclusión, era invisibilización. Era esa trampa sutil del machismo que tanto hemos normalizado: hacerte creer que para pertenecer, tienes que dejar de ser quien eres.


Hay un tipo de violencia que no deja marcas visibles pero que se queda en el cuerpo, la violencia de saber que te están midiendo con otra vara. Ruth lo aprendió en carne propia durante sus años de universidad. Había un profesor que hacía exámenes grupales. Repartía las hojas, daba instrucciones, se iba. Los estudiantes trabajaban en grupos de cuatro o cinco, resolvían problemas complejos durante horas, y después, uno por uno, tenían que ir a su oficina a sustentar.


El profesor nunca se los dijo explícitamente, pero todos lo sabían, si había una mujer en el grupo, ella era la que iba a sustentar. Siempre.Ruth y sus compañeros lo tenían clarísimo. No porque el profesor hubiera anunciado esa regla, sino porque era un comportamiento recurrente, una práctica silenciosa que se repetía examen tras examen. Entraban a la oficina, el profesor miraba a todos con cara de estar pensando a quién poner, y terminaba señalando a Ruth. O a cualquier otra mujer que hubiera en el grupo. 


“Yo ya sabía que si no tenía otra mujer en el grupo, fijo me tocaba a mí. Íbamos a la oficina, nos miraba a todos cómo con cara de estar pensando a quién poner y curiosamente terminaba yo sustentando el el parcial. Claro, todos los estudiantes deben de estar en capacidad de poder sustentar un parcial que se hizo en grupo, pero el asunto es: hay un trato diferenciado que está mediado también por una posición jerárquica, o sea, es un profesor que tiene autoridad sobre los estudiantes y que de manera no objetiva y de manera recurrente, pone a sustentar a las mujeres del grupo. Entonces eso genera presión, eso genera estrés, genera ansiedad y bueno, son dinámicas que en el departamento en ese momento eran normales. Pero pues que era clarísimo qué, para nosotras, generaba ahí un estrés adicional”


Claro, podría argumentarse que todos los estudiantes deben estar en capacidad de sustentar un examen que hicieron en equipo. Pero el asunto no es ese, el asunto es el trato diferenciado, el asunto es la posición jerárquica: un profesor con autoridad sobre los estudiantes que, de manera no objetiva y recurrente, pone a las mujeres en una situación de presión adicional. Eso genera estrés, ansiedad y la necesidad constante de demostrar que sí sabes, que sí mereces estar ahí, que no estás ocupando el lugar de más nadie.


Y esas dinámicas, dice Ruth, eran normales en el departamento. Nadie las cuestionaba, eran parte del paisaje, parte de lo que significaba ser mujer en un espacio dominado por hombres.

Adriana, en su propio contexto, vivió otro tipo de obstáculos. No los de un profesor, sino los de una comunidad científica entera que se negaba a creer lo que ella estaba diciendo. En 1991, después de casi una década de investigación, Adriana y un equipo de científicos publicaron un artículo en el que proponían que el cráter de impacto responsable de la extinción masiva del Cretáceo-Terciario estaba localizado en Chicxulub, en la península de Yucatán.


Esa afirmación era la pieza faltante de un rompecabezas gigantesco. En 1980, el equipo de Luis y Walter Álvarez había propuesto que un asteroide había causado la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años. La evidencia: una concentración anormal de iridio en los sedimentos terrestres de esa época, un elemento raro en la superficie del planeta pero abundante en asteroides y cometas. Pero faltaba algo crucial: el cráter. Sin la huella física del impacto, la teoría era incompleta, controvertida, fácil de descartar.


Fotografía proporcionada por Adriana Ocampo y utilizada con autorización.
Fotografía proporcionada por Adriana Ocampo y utilizada con autorización.

Adriana usó imágenes satelitales para identificar la estructura circular enterrada bajo la península de Yucatán. Pero cuando intentó publicar sus hallazgos en la revista Science, la respuesta fue un silencio de casi un año, seguido de un rechazo. Science no quiso publicarlos. Mandaron el artículo a Nature, que lo aceptó, pero con una condición, que el título llevara un signo de interrogación. Que en lugar de afirmar "Evidencias del cráter de la extinción masiva en Yucatán", dijera "¿Evidencias del cráter de la extinción masiva en Yucatán?".

El signo de interrogación no era una sugerencia editorial. Era una declaración política: esto es tan controversial que ni siquiera podemos permitir que lo afirmes con certeza.


Cuando Ruth habla de lo que aportan las mujeres a la ciencia, no romantiza. No dice que las mujeres tienen una intuición especial, una sensibilidad única, una manera mágica de resolver problemas. Dice algo mucho más simple y mucho más profundo: diversidad.

Diversidad de perspectivas. Diversidad de pensamiento. Diversidad en cómo se atienden los problemas. "No es que tengamos alguna manera especial de resolver o de abordar la ciencia", explica, "pero sin duda estamos paradas desde otro punto diferente que le aporta esa diversidad al panorama científico".


Y pone ejemplos concretos. Los maniquíes de prueba de choque de automóviles, por ejemplo, fueron diseñados durante décadas con la estructura ósea de un hombre europeo promedio. Solo hombres, solo europeos; las mujeres, con sus cuerpos diferentes, sus centros de gravedad distintos, sus estructuras óseas más pequeñas, quedaban fuera de la ecuación. Y no solo las mujeres, también los hombres latinoamericanos, asiáticos, africanos. Todos los que no cumplían con ese estándar arbitrario.


Hasta hace muy poco, se les ocurrió crear maniquíes con formas de mujer. Y hasta hace aún menos tiempo —Ruth calcula que alrededor de 2020— se les ocurrió crear un maniquí de una mujer embarazada. Como si la posibilidad de que una mujer embarazada sufriera un accidente automovilístico fuera un escenario tan improbable que no mereciera ser considerado.


"Casos como este hay un montón", dice Ruth. "Los instrumentos que utilizan para ginecología, hay un montón de cosas que inicialmente han sido pensadas por hombres. Y está bien. Pero cuando empiezan las mujeres a intervenir, empiezan a surgir una serie de necesidades y de dificultades que no se habían identificado antes".


La ciencia, entonces, no es neutral, nunca lo ha sido. Y la ausencia de mujeres en la ciencia no es solo una cuestión de equidad, es una cuestión de rigor. Sin mujeres diseñando experimentos, sin mujeres formulando preguntas, sin mujeres interpretando datos, la ciencia está incompleta. Está sesgada. Está dejando preguntas sin hacer y problemas sin resolver.


Adriana tardó una década en que la comunidad científica aceptara que el cráter de Chicxulub era real. Una década de presentar evidencias, de responder a críticas, de enfrentar escepticismo. Y aun así, cuando Nature publicó su artículo, lo hizo con un signo de interrogación en el título.


Hoy, más de treinta años después, el cráter de Chicxulub es un hecho científico aceptado. Se han encontrado afloramientos geológicos extraordinarios en Belice, a cientos de kilómetros del punto de impacto, con rocas del tamaño de autobuses que contienen fósiles de la península de Yucatán. Esas rocas son la evidencia de la violencia del impacto: la cantidad de energía que se liberó en segundos fue suficiente para cambiar la atmósfera del planeta, inyectar azufre en el aire, provocar lluvia ácida, oscurecer el cielo durante más de diez años.


Adriana y su equipo propusieron que el mecanismo de extinción no fue solo el impacto en sí, sino la transformación química de la atmósfera. El azufre que se liberó hizo que el planeta se volviera tóxico, que la luz solar no pudiera penetrar, que los árboles murieran, que los océanos se acidificaran. Más del 50% de las especies vivientes se extinguieron. Y entre ellas, los dinosaurios, que habían dominado la Tierra durante 280 millones de años.


Pero sin esa extinción, dice Adriana, nosotros no estaríamos aquí. Los mamíferos coexistieron con los dinosaurios al final del Cretáceo, pero eran pequeños, del tamaño de ratones, incapaces de competir con los gigantes que dominaban la biosfera. Fue el impacto del asteroide, esa catástrofe cósmica, lo que le dio a los mamíferos la oportunidad de evolucionar. Y eventualmente, en el continente africano, surgió el Homo habilis, y después el Homo sapiens. Nuestra especie, dice Adriana, recibió ayuda de las estrellas.


Ruth, por su parte, no trabaja con asteroides ni con extinciones masivas, pero sí con algo igual de fundamental: la relación que las personas tienen con las matemáticas. Y esa relación, dice, es una relación rota. Generaciones enteras han aprendido a temer las matemáticas, a verlas como un obstáculo insuperable, a sentir que no son capaces de entenderlas.


Ruth se ha dedicado a cambiar eso. Colidera un proyecto de círculos matemáticos que tiene alcance nacional, acerca a estudiantes de noveno, décimo y once grado a las matemáticas de una manera diferente: sin exámenes punitivos, sin clasificaciones, sin la presión de demostrar nada. Solo con curiosidad y con juego. También organiza "Math & Beer", un evento de divulgación matemática que se realiza en un restaurante bar en el centro de Bogotá. No es una conferencia académica fría y distante, sino un espacio familiar, con perros, con niños, con abuelos, donde las matemáticas se viven como lo que son: un lenguaje hermoso para entender el mundo.


Pero ese trabajo no es reconocido de la misma manera que una publicación en Nature. Ruth lo sabe. Y sabe también que, como mujer joven en un campo dominado por hombres, tiene que demostrar el doble. Sin que nadie se lo pida explícitamente, siente que tiene que mostrar todo el tiempo que se merece estar donde está, que los reconocimientos que recibe son por mérito y no por ninguna otra razón. "Situación que sin duda no le pasa a un hombre en la misma situación", dice.


En algún momento de la conversación con Ruth, tuve la oportunidad de contarle una historia que vi de cerca haciendo el video documental de “Qué quieres ser cuando seas grande” de Manas; una niña de cinco años que quería ser bombera, pero sus papás no la dejaban. Quería ser policía, pero tampoco la dejaban. ¿Por qué? Porque esos trabajos "no son para mujeres". Porque son "trabajos muy fuertes". Entonces la niña dijo que quería ser niñera los sábados y chef los domingos. ¿Por qué? Porque esos trabajos son "mucho más fáciles".

Ella comentó “¡Cinco años! Esa niña tiene cinco años y ya sabe que hay cosas “que no puede hacer” porque es mujer”.


Ruth insiste en que el problema no está solo en las niñas, sino en las familias. En los papás, los abuelos, los tíos que siguen reforzando estereotipos de género desde que los niños son pequeños, los juguetes para niñas o juguetes para niños, carreras para mujeres o carreras para hombres. Y esas ideas, que parecen inofensivas cuando los niños tienen cinco años, se convierten en límites reales cuando crecen.


Por eso ella resalta la importancia de los referentes. No basta con decirle a una niña que puede ser astronauta; hay que mostrarle a una astronauta, hay que presentarle a una mujer que haya estudiado, que haya investigado, que haya enfrentado obstáculos y los haya superado. Y ojalá esa mujer sea colombiana, ojalá haya crecido en el mismo contexto, con las mismas dificultades, con las mismas barreras.


Porque cuando una niña ve a Marie Curie, puede pensar: "Pero ella era europea, allá las cosas son diferentes". Pero cuando ve a Adriana Ocampo, cuando ve a Ruth Torres, cuando ve a mujeres que nacieron en su mismo contexto y que lograron hacer ciencia de nivel mundial, entonces empieza a creer que tal vez sí es posible. Que ella también puede.


En 2025, Colombia sigue exportando talento científico. Las universidades públicas se están quedando sin recursos, los grupos de investigación pierden financiamiento, los jóvenes investigadores se van a hacer doctorados afuera y no regresan porque no hay condiciones para investigar. Y las mujeres, que ya enfrentan más barreras que sus colegas hombres por una sociedad dañada y que ha crecido con un pensamiento machista, son las primeras en quedarse fuera.


Según un estudio de la Red Colombiana de Mujeres Científicas, las mujeres representan el 56% de los graduados de pregrado en áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), en cambio,  sólo representan el 30% de los investigadores sénior (Red Colombiana de Mujeres Científicas, 2022). ¿Qué pasa en el camino? ¿Dónde se pierden esas mujeres?

Se pierden en la falta de financiamiento. En la imposibilidad de hacer movilidad académica. En la necesidad de elegir entre la maternidad y la carrera científica. En la ausencia de redes de apoyo. En los espacios donde todavía tienen que demostrar el doble para ser tomadas en serio.


Adriana Ocampo logró salir de Colombia y construir una carrera en la NASA. Pero cuántas Adrianas no pudieron irse, cuántas se quedaron dando clases en colegios rurales, cuántas dejaron la ciencia porque no encontraron espacio.

Ruth Torres, sí se quedó en Colombia y ha construido una carrera sólida, con obstáculos como en toda carrera pero nunca rindiéndose. Y ahora, desde su posición como directora del programa de Matemáticas de la Universidad Konrad Lorenz y como parte de la Comisión de Género de la Sociedad Colombiana de Matemáticas, está tratando de cambiar las condiciones para las que vienen después de ella.

Pero no debería ser solo su trabajo. No debería ser solo el trabajo de las mujeres en la ciencia cambiar las condiciones para las mujeres. Debería ser una responsabilidad colectiva, institucional, política.


Hay una frase que Ruth nos deja para una niña que sueña con ser científica: "Ella puede hacer cualquier cosa que se le ocurra por la cabeza".

Suena simple, suena ingenuo, incluso. Pero es una declaración política. Porque en un país donde todavía hay papás que le dicen a una niña de cinco años que no puede ser bombera, decirle que puede hacer lo que quiera es un acto de resistencia.

Adriana Ocampo mira al cielo y ve el pasado: el impacto de un asteroide que cambió la historia de la vida en la Tierra. Ruth Torres mira a sus estudiantes y ve el futuro, jóvenes que aprenden a no temer las matemáticas, que descubren que son capaces de entender lo que antes les parecía imposible.


Y entre los números que ordenan el mundo y las estrellas que lo inspiran, hay una verdad simple y luminosa: la ciencia colombiana necesita a sus mujeres. No como símbolo ni como excepción, sino como parte esencial del pensamiento que empuja al país hacia adelante.


Una ciencia que las excluye no está completa; una ciencia con ellas es más amplia, más precisa, más humana. Porque cuando las mujeres participan plenamente, las preguntas se vuelven más profundas, las respuestas más diversas y el futuro mucho más posible.



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