El amor como resistencia, la convicción como verdad
- todassomosmanas

- 22 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Por: Lina Johana Nieto Galvis
Perfil periodístico parte de la serie "Arrugas de las abuelas".
Leo Zambrano, santandereana de carácter fuerte y memoria notable, transmite la tranquilidad de haber comprendido que la vida no se cuenta por los golpes, sino por cómo aprendemos a reponernos y resignificarnos. Para ella dejar huella no es hacer aportes en bienes, posesiones o títulos. "Si tengo que dejarles algo a mis hijos y a mis nietos —dice— eso es la certeza de que siempre se puede volver a empezar. No deseo que me recuerden por los matrimonios, ni por las pérdidas, sino por la fuerza de cómo me levanto sin perder la ternura". En su manera de narrarse la resiliencia no es un concepto sino la práctica de un músculo mudo que se activa cuando los días se vuelven pesados.
Ese aprendizaje lo cultivó dentro y fuera de su casa. Desde su trabajo en el Bienestar Familiar, vio de cerca cómo las mujeres sostenían la vida incluso en sus fragmentos mas pequeños, se encontró con madres solas, niñas que crecían antes de tiempo, hogares partidos pero valientes. Allí entendió que su propia historia no era una excepción, sino parte de una trama mayor: las mujeres eran el centro de algo, pero no sabía de qué. Por eso, cuando habla del futuro, lo hace con claridad: “Deseo que las mujeres que vienen no tengan que pedir permiso para ser ellas mismas. Que no vivan justificándose. Que su voz valga, incluso cuando tiembla”.
Leo reconoce que muchas de sus batallas estuvieron atravesadas por su condición de mujer: demostrar más, callar más, resistir más, aguantar más.

“Sí, me tocó aguantar cosas que un hombre nunca habría vivido. Pero esa resistencia me hizo mejor mujer”. Su historia, que ha sido tejida entre rupturas, hombres, trabajo comunitario y silencios que ahora se vuelven palabra, encarna la esencia de Manas: esos saberes femeninos que se transmiten sin manual, de vida a vida.
Con el paso de los años, Leo ha aprendido a mirar sus arrugas como un archivo. No como marcas del tiempo, sino como constancias de las etapas que sobrevivió, dice en broma que Dios está enojado con ella porque todavía no la lleva y ella ya quiere irse.
Cada línea en su rostro guarda y cuenta una historia: la mujer que fue esposa tres veces, la trabajadora pública que escuchó más dolores de los que confesó, que se robaba la comida vencida para alimentar a sus hijos y la abuela que ahora desea que sus nietas vivan en un mundo más amable del que le tocó.
Aunque nunca se llamó feminista, de hecho, no conoce muy bien lo que significa, su vida está hecha de gestos profundamente políticos: criar en medio de la escasez, decidir volver a empezar, sostener un hogar sola, enfrentar instituciones que pocas veces estaban hechas para mujeres. Ella habla desde la práctica cotidiana, desde la intuición, que dice que solo las mujeres poseemos, por tantos años de silencio, de dolor y de opresión. En su relato hay algo muy claro: elegirse antes cualquier historia que no le hiciera sentirse profundamente llena de orgullo y plenitud. La desigualdad no fue una teoría para ella, fue una práctica cotidiana, pesada, permanente. Y, sin embargo, aprendió a construirse.
Hoy, rodeada de la familia que ayudó a levantar, se ha convertido sin proponérselo en un punto de referencia, sobre todo para sus nietas, pues a ellas directamente es a las que más habla. En su cocina, no está lo que vivió, sino en lo que calló y luego compartió.



Comentarios