La fortaleza discreta de una vida entera
- todassomosmanas

- 22 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Por: Lina Johana Nieto Galvis
Perfil periodístico parte de la serie "Arrugas de las abuelas".
A sus casi ochenta años, Leonor Mora tiene una forma de fortaleza que no necesita de proclamación. Ella la nombra con una palabra que descubre con timidez, pero que vive desde que tiene memoria: resiliencia. Cuando le pregunté que significaba para ella esa palabra, dijo “Es seguir en pie, a pesar de todo”. Resiliencia, para Leonor, es resistir lo que toque resistir; mantenerse firme incluso cuando la vida parece querer quebrarla, romperla.

La imagen que elegiría para contar su historia no es dramática ni oscura, ni victimizante. No es la muerte, ni la pobreza, ni la soledad, ni el dolor de que ninguna hija quiso ser madre. Es una escena luminosa, casi milagrosa: el momento en que nacieron sus hijos. Porque ahí, recuerda, supo que jamás estaría sola. Y para ella esa compañía trasciende tiempo y espacio, aún después de la vida terrenal, sabe que su amor acompañará a sus hijos.
Pero detrás de esa luz hubo sombras profundas, no tan inmersas en ese negro de la oscuridad, sino, mas bien, con matices que alcan
zan llegar al blanco. Leonor perdió a su madre siendo apenas una niña. Su papá, un hombre que hizo de padre y madre a la vez, se convirtió en su todo. Por eso, cuando él murió, la vida se le partió en dos. “Fue tremendo”, dice sin rodeos. “Él siempre estuvo conmigo. Cuando se murió… eso sí fue muy duro”. Cuenta que para ella, su papá era la base de una vida que construyó alrededor de él.
Aun así, Leonor siguió. Con tristeza, con ese vacío que nunca se llenará.
El amor, como mujer, ella lo interpreta como compañía.
Si hay alguien que resume esa fuerza silenciosa que la ha sostenido, es su esposo. Llevan 54 años juntos. Él ha sido su compañero desde que ella tenía 23; cuatro años de noviazgo y luego una vida caminada lado a lado. Lo conoció en una reunión con amigas, casi por azar, y desde entonces no se separaron. Hoy, en su nuevo lugar de residencia, siempre y donde sea que se les ve, los llaman “la parejita”, y a ella ese apodo le enternece el alma.
“Siempre ha estado al pie mío”, cuenta. Desde los hijos pequeños hasta la vejez, él ha sido su presencia, su apoyo, su abrazo constante. Todo lo hacen juntos. Tienen una rutina que solo la edad y una buena vida trabajada permite, levantarse tarde, vivir en paz y disfrutar los últimos años que Dios les regale.
Su maternidad es legado y el paso del tiempo bien vivido.
Leonor habla de su vida sin pretensiones, con esa sinceridad de quien ya no tiene que demostrar nada, con una voz que te llega, te toca, te hace querer vivir con esa tranquilidad infinita. Cuando se mira al espejo, dice que siente que la vida se le va acabando; pero lo dice sin miedo y sin tristeza, al contrario, en sus palabra hay certeza, hay verdad, ella espera en silencio esa condena que solo la vida terrenal te da: la muerte. Ella reconoce el paso del tiempo con serenidad.
A sus hijos no les deja riquezas, pero sí lo que considera más valioso: consejos, educación, rectitud. “Lo material se acaba —explica—, pero lo que uno les enseña, eso queda”.
Su mirada sobre las mujeres de hoy es fiel a su generación y hace pensar, en sentido figurado, que definitivamente lo femenino ha hecho un gran trabajo los últimos años.
Su visión sobre las mujeres ha cambiado tanto como el mundo que la rodea. Para ella, hoy la mujer es igual al hombre en derechos, trabajo y libertades. Y aunque reconoce que eso es algo que generaciones como la suya soñaron, también siente que algo se ha perdido: la idea de ser “más recataditas”, como le enseñaron a ella.
Observa con ojos de cuestionamiento que muchas jóvenes no quieren tener hijos. Lo vive incluso en su familia, donde ninguna de sus hijas o sobrinas ha optado por la maternidad. No lo juzga con dureza, pero sí con nostalgia: “Eso se ha ido perdiendo. Pero bueno…”.
Aun así, sueña para las próximas generaciones de mujeres un camino más consciente, más reflexivo, menos atropellado por las urgencias del mundo moderno, esa que como ella describió es “igualarse al hombre no es posible”.
Si tuviera que dar un consejo, Leonor hace una invitación a pensar: a detenerse, a no ir tan rápido, a no perder lo esencial. A no hacerse chiquita, pero tampoco grande.
Su historia es la de una mujer que vivió pérdidas profundas, que construyó una familia sólida, que ha amado y sido amada, que ha resistido sin hacer mucha bulla, es un retrato íntimo de tantas mujeres colombianas cuya fortaleza no aparece en los titulares, pero sostiene hogares, recuerdos y generaciones.
Leonor Mora no se nombra a sí misma como ejemplo. Pero lo es.



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